Para mí, quedarme en casa no hay sido un encerramiento, por el contrario, la situación me ha permitido soltar la creatividad. Me reconozco como una persona creativa. Esta cualidad me apoyó inmensamente a desarrollar las clases de yoga para niños que ofrecí en los últimos cuatro años en un colegio.
Ahora que no tengo ese hermoso reto, tengo más tiempo libre. El cual he venido invirtiendo en nutrir más mi ser con el Programa de Desarrollo Espiritual de La Montaña Azul, distintas sesiones de meditación, baño de bosque en el jardín de mi casa, grupo de lectura, reto de Kundalini activo, entre otras cosas que han llegado en estos tiempos de conexión vía Zoom.
He cocinado nuevas recetas, he horneado, he pintado paredes, he grabado clases de yoga para un grupo de alumnas adultas, también de yoga aéreo para un estudio, he hecho clases en línea, en fin, me he mantenido creando. En esa corriente de soltar la creatividad y quizás, para mantener mi conexión con la niñez, se ha despertado la escritura de cuentos infantiles. ¡Sí, qué emoción, estoy volviendo a escribir!
El periodismo fue una actividad que me dio muchas satisfacciones personales y profesionales. Y ahora, estoy sintiendo mucha alegría por esta nueva cara creativa que se ha despertado en mi. Los cuentos infantiles me acercan a la Ana Karina graciosa, espontánea, ingenua, chispeante y libre, como son los niños.
Mi primer cuento lo compartí con amigas muy cercanas, pero también bien sinceras y con criterio en el área de las Letras. Sí, con “Letras” en mayúscula. Su retroalimentación fue muy positiva. Y aunque no estaba buscando aprobación, siempre es lindo compartir, recibir apoyo, y confirmar que lo que ha surgido puede despertar emociones, entretener y ser algo a lo que me pueda dedicar.
La publicación de libros, vía casas editoriales, luce toda una proeza. Así que tendré que ponerme mucho más creativa para poder llevar mis cuentos a los lectores. En esa dirección, quiero pedirle ayuda al Universo para me muestre el camino, la puerta, el medio para que el sueño se haga realidad y compartir mi don de la escritura.
Mientras eso sucede, les comparto un par de poesías que he escrito en estos días donde se ha soltado la creatividad.
Son días de estar con nosotros mismos, en nuestras casas, prácticamente sin salir, apenas para lo básico, ir a comprar alimentos, y si es necesario, un medicamento. Yo he encontrado algo hermoso en esta situación: personas que están compartiendo -algunas sólo por el gusto de crear bienestar en otros- sus herramientas o sus prácticas habituales que les permiten ir hacia dentro, conocerse, crear calma interna y sacar lo mejor de sí mismos. Gracias a ellos, yo paso los días de aislamiento físico practicando el arte de no hacer para que lo mejor se haga en mí, el Chi Kung o QiGong.
Desde La Montaña Azul, con Sifu Rama y Sifu Simón, y su programa abierto a principiantes, he comenzado a familiarizarme con este arte, una práctica milenaria de movimiento del chi, energía interna o vital, para equilibrar mente y cuerpo. A lo que se suman las sesiones diarias de María Hon, discípula de Sifu Rama, quien durante la semana regala unos minutos de Chi Kung contagiando su alegría y buena energía, “tijoneando desde casa”.
Yo siento el Qigong muy afín con el Yoga, que es mi estilo de vida. Por citar un ejemplo, la postura que para algunos puede ser la más difícil en Chi Kung, el “Wu Ji” (pronunciado Wu Chi), que implica estar en un estado de quietud, me resulta muy similar a lo que ocurre con las posturas de meditación, con la que se inicia cada clase de Yoga, y la de savasana con la que se finalizan las sesiones.
En el Wuji uno se encuentra correctamente alineado, internamente relajado y conectado con los poderes del cielo y la tierra. Externamente quieto y a partir de allí, recorriendo el cuerpo para eliminar las tensiones acumuladas en los músculos. Al igual, sucede en esas ásanas de yoga que conllevan la no acción, y que a muchos practicantes se les hacen retadoras porque les cuesta pausar y pasar a un estado meditativo más profundo.
Por qué es tan complejo quedarnos en quietud. Parece que nos encanta llenarnos de quehaceres, tener el tiempo copado de asuntos por atender, entretenernos con lo que pasa fuera, y evitamos entrar en nuestro espacio interior. ¿Qué nos asusta, por qué nos resistimos a pausar, qué queremos evitar sentir…? Ahora, en medio de la pandemia, casi tenemos la obligación, además de la gran oportunidad, de practicar “el arte de no hacer para Ser”, como dicen los maestros de La Montaña Azul.
Porque si únicamente vivimos para hacer nos alejamos de nuestra esencia, nos perdemos de nosotros mismos y de lo que somos, y por eso es que ante tantos cambios e incertidumbre, entramos en un estado de mucho estrés, nos ataca la angustia, la desesperación, la desesperanza, nos imbuimos en la crisis colectiva, y dejamos de disfrutar la vida tal y como es.
Entonces, qué es lo que más necesitamos en estos momentos para no sucumbir y vivir con miedo, definitivamente dedicar más tiempo al Wu Ji. Que describen como un estado de no-acción. Esto no significa que estés sin hacer nada. Significa que no estás actuante, sino que abras las puertas de la percepción y del Ser. Wu Ji se traduce “sin forma” o “vacío”. El concepto Wu ji se refiere al estado inicial del universo, antes de la formación de la materia y del surgimiento del Yin/Yang- la dualidad, los opuestos. En relación al Qigong y las artes marciales chinas se refiere al momento anterior al movimiento, en ese instante en que mente y cuerpo se vacían para conectar con la sensación interior.
Al respecto, Sifu Rama afirmó, en una de las conversaciones del programa de abril 2020, de La Montaña Azul, que uno de los portales para despertar y reencontrarnos con nuestro Ser (conciencia, espíritu, energía infinita, esencia, verdadero Yo) es enfocar la atención al vacío, al silencio, a la sensación de simplemente existir. Esto ocurre posterior al Wu Ji, y es lo que llaman “Wu Wei”.
Éste también se conoce como el “arte de la no acción”. El Wu Wei nos invita a estar en el mundo sin forzarlo, comprendiendo el fluir natural de las cosas y las leyes naturales, sin tratar de modificar lo que está sucediendo. Lo que en Yoga es llegar al Nirvana, un estado donde se extingue el ego y somos pura conciencia, donde el ser se une con la divinidad infinita alcanzando la felicidad más absoluta, libre de sufrimientos y deseos. Para lo cual se requieren muchos años de práctica constante, disfrutando cada momento y sin apegarse a conseguir ningún objetivo.
“Wu wei es el no hacer para ser. El dejar de hacer para que el ser se manifieste. Es no acción desde el ego. Esa es la joya de la corona”, aseguró Sifu Rama.
Practicando el Qi Gong, el Wu Ji y el Wu Wei, ese arte de no hacer, podremos vivir desde el amor que es abundancia, desde la libertad que nos permite soltar el miedo a vivir y a morir, nos conectaremos con nuestra esencia, con lo que realmente somos. De esta manera, contribuiremos a conformar una nueva humanidad basada en la cultura del Ser y del Servir. Y por supuesto, con seres que apliquen a lo largo de sus vidas las otras tres “S” de la filosofía de La Montaña Azul: “Sentir, Soltar y Sonreír”.
Cuando surge en mi vida el término fluir, la imagen que viene a mi mente suele estar asociada con la corriente de un río caudaloso o de una voluminosa cascada. Me genera en el cuerpo la sensación de dejarme llevar por el viento como una pluma o una hoja seca. Y me conduce a pensar en actuar, en no quedarme estancada, vacilante o en resistirme ante determinada situación.
Todos los días experimentamos cambios, algunos son casi imperceptibles y otros pueden representar un gran desafío. Sabemos que lo único que perdura con el paso del tiempo es el cambio, que nada es permanente, que estamos en constante evolución.
Vivir aferrado o apegado, y querer que todo siga igual es un camino directo al sufrimiento. Frente a los cambios, podemos elegir resistirnos y sufrir, o aceptarlos y fluir en armonía con el momento presente.
En el proceso de autoconocimiento y desarrollo espiritual se considera que la vida humana es un proceso de aprendizaje y evolución para aprender a ser felices. Por lo que la interpretación más conveniente para cada cosa que nos sucede es considerarla como necesaria para nuestro proceso pedagógico en el arte de vivir.
Las etiquetas que les colocamos a las situaciones de nuestra vida como “buenas” o “malas”, agradables” o “desagradables”, “correctas” o “incorrectas”, es la manera subjetiva como filtramos la realidad. Y a través de esas interpretaciones que hacemos nos generamos sufrimiento y limitaciones, o armonía y paz interior. Como afirmó el filósofo griego Epícteto: “No son las cosas que nos pasan las que nos hacen sufrir, sino lo que nos decimos sobre estas cosas”.
La actitud de adaptarnos a los cambios, que llamamos fluir, y decidir, más allá de las etiquetas, que todo lo que ocurre es neutro, y sucede porque es necesario para nuestro proceso de aprendizaje y evolución, es actuar con sabiduría.
Si en algún momento caemos en la negatividad, viendo los cambios como problemas y no como oportunidades, apliquemos la atención plena. Observemos los pensamientos sin identificarnos con ellos, tomando conciencia de cada uno y sustituyéndolos por pensamientos que, en lugar de envenenar nuestro corazón y organismo con emociones y sustancias tóxicas, nos hagan sentir agradecidos, afortunados y maravillados por lo que nos ha ocurrido a lo largo de nuestra vida.
Sea lo que sea que estemos viviendo en este momento, nos toca continuar avanzando, superando obstáculos, tomando desvíos, o eligiendo caminos nuevos con aceptación y serenidad. “No pretendas que las cosas ocurran como tu quieres. Desea más bien que se produzcan tal como se producen y serás más feliz”. (Epícteto).
Les recomiendo leer sobre la “Aceptología“, término desarrollado por el filósofo colombiano Gerardo Schmedling.
El amor empieza por ti. Sólo podemos dar aquello que somos o tenemos, entonces la relación que debemos empezar a cultivar en amor y abundancia es con nosotros mismos. Cuando te detienes, respiras, conectas con tu cuerpo, emociones, pensamientos, te reconoces, descubres todo el poder y belleza de tu ser, también tu oscuridad, entonces puedes ser portador de amor y esplendor a tu alrededor, y manejar amorosamente tus áreas menos brillantes.
Recientemente me inicié en la terapia alternativa del Reiki, que consiste en servir de canal para que la energía universal que está disponible a nuestro alrededor sea transmitida a través de las manos. Con la imposición de las manos sobre determinados puntos del cuerpo, buscamos generar equilibrio, balance y promover el bienestar físico, mental, emocional, y sobre todo energético del ser que recibe Reiki. Tal como lo hacen otras terapias, como la acupuntura, que trabaja con los meridianos o canales de energía del cuerpo.
Parte de la preparación como reikista es aplicarse el protocolo de auto tratamiento a si mismo, durante los días del curso y a lo largo de 21 días a partir de la finalización del programa. Todo eso es requisito, antes de comenzar a dar la terapia a terceros. Para mí, ese énfasis en primero auto tratarse, es hermoso. Por una parte, nos permite sentir en carne propia las bondades de la terapia -particularmente me la aplico más de una vez al día- y por otra, porque es un espacio para regalarme amor. Recordándonos que el amor empieza por ti.
Si como reikistas, o como personas que habitan este mundo, queremos ser instrumentos de amor, tenemos que darnos el permiso de recibir de nuestras propias manos, y a través de nuestras acciones, el amor que somos en esencia. Sólo sembrando, cuidando y nutriendo nuestro espacio interior lograremos manifestar toda esa energía al exterior, y que otros puedan experimentarla en sus cuerpos.
Si no estás muy conforme con tu vida, tus relaciones, tus experiencias… convierte el amor propio en un propósito de vida. Si quieres mejorar o crear la vida de tus sueños, también empieza por amarte.
Estos son algunos de los regalos del bosque costarricense
Dispónte a descubrir el regalo del bosque. La naturaleza nos regala paisajes increíbles, vistas panorámicas que nos pueden dejar sin aliento, experiencias inolvidables, y sobre todas las cosas mucho bienestar cuando entramos en contacto con ella.
Es bien sabido que la inmersión en el bosque con todo nuestros sentidos en atención plena, a lo que los japoneses llaman “shinrin yoku” -que se traduce como “baño forestal”- reporta una serie de beneficios para nuestra salud mental, emocional y física. Vivir en Costa Rica nos da el privilegio de tener un bosque prácticamente a la vuelta de la esquina. Así que es bastante accesible convertir la visita al bosque en una actividad cotidiana, y sacar provecho de esta práctica saludable.
Si te preguntas: ¿cómo se vive eso del baño de bosque? Desde mi experiencia consiste en:
Escuchar el sonido del viento sacudiendo las hojas y ramas de los árboles. Escuchar mis pasos cuando camino sobre la hojarasca, y sentir en las plantas de los pies las diferentes superficies sobre las que me muevo. Apreciar la textura de los troncos de los árboles. Oler la tierra, las flores, el bosque. Encontrar belleza en cada rincón: un insecto colorido, unos hongos llamativos, una fruta deliciosa, un pájaro y su canto, un tronco caído lleno de vegetación, unas flores hermosas… Respirar profundo, contemplar, hacer pausas en medio de ese ambiente natural para apreciar todo, incluso cerrar los ojos para sentirme: la respiración, los latidos del corazón, la temperatura interna, las sensaciones en la piel.
La ciencia avala las bondades de esta terapia preventiva. Las bases fisiológicas y psicológicas de los efectos beneficiosos del bosque fueron descubiertas por un grupo de investigadores liderado por el antropólogo y fisiólogo japonés Yoshifumi Miyazaki.
El impacto positivo que tienen esas inmersiones en el bosque incluye: reducción de la presión arterial y del estrés, fortalecimiento del sistema inmunológico, y generación de hormonas de felicidad.
Otra buena noticia es, que en muchos casos, esta terapia libre de contraindicaciones la podemos recibir de manera gratuita o a un precio muy bajo. Lo que nos cueste llegar hasta el parque nacional más cercano o a la zona boscosa de nuestra preferencia. Mi preferida, y más cercana, son los Cerros de Escazú, a donde voy con bastante frecuencia porque me hace sentir muy bien.
Si no quieres ir sólo propónle a tus amigos o familiares visitar el bosque o únete a algún grupo organizado de montañistas.
Recientemente descubrí que en Costa Rica existe www.terapiadebosqueynaturaleza.com a cargo de Manuela Siegfried, una terapeuta certificada por la Association of Nature and Forest Therapy quien ofrece diversas actividades para que las personas se conecten íntima y profundamente con la naturaleza.